La línea divisoria de la carretera se marcaba apenas en la oscuridad creciente.
Había caminado un par de kilómetros bajo un sol inconstante. Agotado se detuvo al filo del camino. Se dejó caer en la tierra húmeda y sacó de su mochila una botella de plástico con agua. Se limpió el sudor de la frente con la parte baja de su camiseta, y bebió de la botella un trago largo. Tenía el bluejean mojado alrededor de la cintura y la entrepierna. De un bolsillo lateral de la mochila sacó una cajetilla de cigarrillos y un encendedor.
Estuvo fumando y estirando el pulgar, hasta que por fin un trooper, con la lata abollada en los costados y la pintura raspada, se detuvo.
-Para dónde vas.
-Voy hasta Tonchigue.
-Sólo te puedo llevar hasta La Unión.
-No hay problema -dijo él-, es mejor que estar en la carretera tirado. Parece que va pegar un buen aguacero.
Estrechó la mano fría y tosca del conductor y se sentó a su lado. Sintió un tufo a podrido, como si hubiera un animal muerto en algún rincón del trooper. Giró la cabeza hacía la parte de atrás, pero a simple vista todo estaba en orden.
Lo extraño era esa cicatriz en la cien derecha del conductor. Un corte que descendía hasta la comisura de su boca, desfigurándole el rostro. Y esa mirada que proyectaba un destello infantil y aciago.
-De dónde vienes -preguntó-.No he visto casas por esta zona.
-No soy de por aquí -dijo él. Soy de Machala. Estoy viajando por todo Ecuador, porque pronto voy a viajar al extranjero y no quiero irme sin conocer mi patria. Usted sabe, hay que conocer primero el lugar donde uno vive.
No era la primera vez que subía al carro de un desconocido. Sabía lo que tenía que decir, y hacía lo que debía sin exagerar, actuando premeditadamente cada movimiento, verificando el impacto de cada palabra. Los gestos de su cara habían sido estudiados en espejos de cientos de hoteles, trabajados para convertir su rostro de muchacho insolente en un chico perfectamente vulnerable.
La adrenalina y la euforia habían navegado su torrente sanguíneo como dos lanchas fuera de borda. Internado en los matorrales del camino, rememoraba cada asesinato paso a paso. La primera vez fue un chico de su edad, vivía cerca de su barrio. Y jugaban fútbol juntos. Le golpeó el cráneo con una piedra por impulso. Estaban detrás de unos matorrales viendo el cadáver de un perro en descomposición. Los gusanos bullían en la carne gris y putrefacta.
-No te da miedo viajar solo.
-Qué.
-Que si no te da miedo viajar solo.
Sí, le daba miedo, un poco, lo suficiente como para sentirse tranquilo de que se veía como quería que lo vieran.
-No -dijo-, no me da miedo, me sé defender.
Pero se aseguró de que su interlocutor viera el temblor de su mano, y notara la variación del tono de su voz. Lo miró a la cara. Esa cicatriz, no era miedo lo que se hincaba en su estómago cada vez que la miraba. Era repugnancia. Volvió el rostro hacia la ventana.
-Es un perro -dijo el conductor.
-Cómo.
-Lo que apesta es un perro, un perro muerto.
-Lleva un perro muerto en el carro.
-No, ya no, lo acabo de enterrar. Era de mi hija. La niña más dulce del planeta. Tienes hijos.
-No.
Había algo en esa forma de hablar que lo perturbaba. No de la misma forma que los otros. No era el mismo rango de comunicación, aquel hombre parecía estar jugando algún tipo de juego con él.
-No sabes entonces lo que se siente. Es imposible decirles la verdad.
Cuando hablaba lo hacía mirando directamente a la carretera. La noche había crecido y respiraba como un animal sigiloso.
-No podía decírselo, tuve que mentirle. Lo atropellé sin querer, cuando me di cuenta estaba hecho masa, bajé del carro y lo metí en la parte de atrás. Ella adora a ese perro. No sé que demonios hacía debajo del coche. Pensé en enterrarlo cuando llegara al campamento, pero no hubo tiempo. Recién pude hacerlo esta tarde. Ayer me llamó por teléfono y me contó llorando que su perro estaba desparecido. Le dije que había ido a dar un paseo y que pronto volvería. Dejó de llorar. Solo que hoy la veré a la cara mientras me pregunte por su perro y no tengo idea de lo que haré.
El conductor volvió el rostro. Él enseñó el gesto de abatimiento estudiando la respuesta del conductor. Pero sus ojos seguían infantiles y aciagos. Y la cicatriz de su cara a causa de la poca luz lo hizo parecer que sonreía. El trooper se detuvo.
-Siempre pasa -dijo el conductor-, no te preocupes lo arreglaré en seguida.
Buscó una linterna en la guantera y bajó del coche. Cuando alzó el capó, él giró el cuerpo hacia el maletero, y comenzó a buscar de donde provenía el hedor. No estaba muy seguro de que la historia del perro fuera verdad. Ahora que el trooper estaba detenido la peste llenaba el coche como un pasajero invisible. Pegada al respaldo del asiento del conductor encontró una funda negra, abrió la funda. El olor a podrido le enclaustró la nariz. Oyó el capó cerrandose. Por primera vez, desde que era un niño y su padre lo golpeaba, se sintió realmente vulnerable.
